«Estar bien» fue mi misión en la vida
durante tanto tiempo que me convertí en
una consumidora compulsiva y experta
autoinductora de experiencias epifánicas.
Ya no sé hasta qué punto he sido capaz de
apreciar la belleza irreal del sol mostrando
sus primeros rayos entre los aviones detenidos
de la pista de la T4, cuando entraba
a vender zapatos a las siete menos cuarto
de la mañana, y a partir de cuál me encontraba
a punto de sufrir una aneurisma, producto
del esfuerzo emocional por convertir
el sueño, la soledad y la desesperación en
asombro. Ignoro si han sido demasiados
años escuchando historias de parisinas que
viven en pisos de ensueño pagados con sus
salarios de camareras y que rozan el Aleph
metiendo la mano en un saco de lentejas,
de ángeles que envidian nuestra jornada de
ocho horas con vacaciones prorrateadas y
sirenitas que cambian la inmortalidad por
una noche de copas con un tío bueno, pero
de verdad que soy una experta.

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